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Nací en Madrid en el año en el que firmaban, algunos a regañadientes, la Constitución del estado español. Por un lado, todo un avance de libertades tras cuarenta años de dictadura fascista. Por otro, un apoyo legal a cosas tan antidemocráticas como la injusta monarquía borbónica o el descompensado poder que se le otorgaba a la iglesia católica. Pero yo, por entonces, de poco me enteraba; acababa de nacer.

Crecí en Manoteras, un barrio del norte de Madrid que pasó de ser un poblado gitano repleto de yonquis a ser, hoy en día, el lugar donde se está levantado un centro de ocio que tendrá la sala de cines más grande de la capital. Casi cincuenta millones de euros está costando levantar las cinco plantas del monstruo y las cerca de mil plazas de garajes que habitarán en el subsuelo.

Durante mi adolescencia fui mudándome de un lado a otro. Pasé de levantarme frente al Pirulí a anochecer rodeado de sauces, chopos y pinos en Miraflores de la Sierra. De Bravo Murillo a la siempre vigilada plaza de las Cortes. De los pinares de la zona noroeste a los plataneros de la Arganzuela. Y entre medias, siempre de salto en salto, tuve la oportunidad de estudiar un año en Estados Unidos. Dejando atrás los inconvenientes obvios de aquellas tierras, disfruté como un niño de las tres maravillas que tienen allí: el cine, la literatura y, especialmente, la música. Desde Woody Guthrie (el padre del folk), hasta Adam Durtiz (por poner un ejemplo más dispar) han conseguido que medio mundo empatice con ellos musicalmente. Y, más allá del mercadeo y demás milongas publicitarias, sería estúpido no reconocer que por algo será.   
A principios de los noventa, decidí comprarme mi primera guitarra. El motivo real fue por pura envidia: mi hermano mayor llevaba tiempo dándole al asunto. Pero al poco tiempo, mientras rasgaba al tuntún las cuerdas de la guitarra, en vez de aprender la canción de moda para amenizar los soporíferos botellones de entonces, empecé a componer mis propios temas. Aquello era el no va más. Qué de conciertos le di entonces al reflejo de la ventana de mi cuarto.
Acomplejado durante muchos años por no haber recibido una sola clase de guitarra en mi vida y por haber visto cómo evolucionaban musicalmente mis amigos, a día de hoy puedo decir que me siento afortunado. Por varias razones: la primera, por el placer del aprendizaje autodidacta; y la segunda, por tener la espontaneidad que quizá me hubiesen robado las posturas académicas, el solfeo y demás diatribas técnicas. Aunque lo cierto es que todo lo que ayude a evolucionar de forma positiva será siempre bienvenido.

Y así, y mientras empecé a escribir mis primeras cuartillas de notas, cuentos, amagos poéticos y otras fintas literarias (así titulé mis primeros escritos bajo la influencia de las lecturas compulsivas del feroz Samuel Beckett), fui rodando de una banda a otra. Primero, como guitarrista rítmico. Luego, como cantante. Incluso probé con un dúo acústico. Hasta que descubrí el universo que se escondía tras los diez agujeritos de ese emparedado de tablitas de madera que tanto gusta en el blues.

Poco a poco, y siguiendo un proceso parecido al de la guitarra, me encerré un verano con una armónica diatónica en el bolsillo, un radiocasete con los tipos que tenía que haber escuchado por entonces... y mucha paciencia. Aunque, gajes de la vida, en menos tiempo del que pensaba me vi de pronto subido en un escenario soplando las melodías que, según el tema que sonara, iba improvisando. (Sobre este tema, y para responder a la pregunta que alguna que otra vez me han hecho, me explayo un poco más pinchando).

Más o menos, creo que ya os podéis hacer una idea de quién soy, de dónde vengo y por qué estoy ahora escribiendo esto aquí... Obviando, claro está, un montón de cosas que aquí no vienen al cuento. O tal vez sí, quién sabe. Lo de a dónde voy me interesa ya menos. Sobre todo porque no tengo ni pajolera idea.

Si has llegado ya a estas líneas: muchísimas gracias. Tiene su mérito. Y si algún día te apetece,  espero poder verte algún día… Este verano empecé una pequeña gira de conciertos contra el calor en la que comparto escenario y canciones con Edu Ortega, todo un musicazo que está sacando tiempo de donde no lo tiene para poder estar juntos. La unión, ya se sabe, hace la fuerza.

Y una vez dicho todo esto: mucha suerte en la vida y, lo más importante, no olvides respetar y tolerar a la gente que piensa, vive y actúa de forma distinta a la tuya.

Pablo Medel.